
Cómo comenzó Oriente Antiguo
Todo comenzó con una simple pregunta :
¿Qué cosas pasaron antes de Cristo?
El año era 2001, y tenía diecisiete años cuando empecé a interesarme por estos temas.
A pesar de su aparente simpleza, al poco tiempo descubrí que era una pregunta sorprendentemente difícil de responder.
En ese entonces, al igual que hoy dos décadas después, en los colegios no existía un espacio “integrativo” donde las clases de religión, ciencias naturales, filosofía e historia encajaran en un solo bloque consistente de conocimiento.
Con el tiempo, las preguntas sólo se multiplicaron:
¿Qué tan antiguo es el ser humano? ¿Existieron Adán y Eva?
¿Es compatible la “Creación” bíblica con la Evolución de los seres vivos?
¿Porqué debemos aceptar que el dios de la Biblia es el dios verdadero?
¿Fue la Biblia inspirada o de alguna manera intervenida por Dios?
¿Dónde y cuándo fue escrita la Biblia?
¿Por qué Dios se manifestó solamente a UN pueblo?
¿Qué tiene de especial la “Tierra Prometida” de los israelitas?
¿Por qué tuvo que venir un “Cristo” o Mesías? ¿Y por qué en Judea del siglo 1?
Todas estas preguntas convergen en un solo lugar: Cercano Oriente, y en un período especifico: la Antigüedad. La llamada Cuna de la Civilización.
Pero, ¿dónde encontrar más información acerca del Cercano Oriente Antiguo?
En comparación con otros países del mundo occidental, Chile no puede estar más alejado de la región que alojó las primeras civilizaciones.
Más de diez mil kilómetros nos separan de Europa y el Medio Oriente.
Nuestra mirada está obligadamente dirigida hacia el Océano Pacífico, en cuya dirección también es necesario viajar más de diez mil kilómetros para encontrarnos con otras culturas humanas.
Incluso con las facilidades que permite la aviación comercial moderna, salir de nuestra burbuja sudamericana resulta pesado para la mayoría de los bolsillos.
Dado que la historia de Latinoamérica comienza en la era moderna, nunca ha habido en Chile incentivo ni necesidad de estudiar los tres mil años de historia civilizada que transcurrieron antes de Cristo. A diferencia de países que miran hacia el Atlántico, como Argentina y Brasil, no existen en Chile instituciones académicas dedicadas la investigación del Cercano Oriente. Como resultado, la literatura en idioma castellano que trata estos temas es escasa, difícil de conseguir, o demasiado especializada.
Nuestra civilización occidental está profundamente influenciada por el legado cultural de las antiguas civilizaciones de oriente -desde el horóscopo hasta el cristianismo- pero pocos están conscientes de ello. La mayoría de los feriados que celebramos conmemoran eventos que ocurrieron en el Oriente Antiguo. ¿Cuánto hay de cierto en los relatos y creencias que nos han inculcado desde niños?
Al preguntar dirigidamente, el público general se declara ignorante. Unos pocos tienen la vaga noción de que en la antigüedad vivieron “los Egipcios”, y podrían identificar uno que otro personaje bíblico. Las telenovelas bíblicas brasileñas, muy de moda en la televisión latinoamericana, muestran un montaje excesivamente dramatizado y poco fundamentado en estudios históricos.
Aun así, el público manifiesta poco interés en conocer la historia y arqueología del Medio Oriente antiguo, y la mayoría desconoce el contexto histórico en que vivieron los personajes del Antiguo Testamento.
¿Por qué? Por que no es fácil en Chile encontrar información o hablar estos temas con soltura.
Mi caso fue distinto.
Desde temprana edad, tuve la suerte de ver los monumentos y museos del viejo continente, y de aprender un alto nivel de inglés. Con muchos libros de Amazon y una significativa dosis de Wikipedia, poco a poco me fui profundizando en una diversidad de temas de historia antigua y arqueología. Temas que no eran fáciles de conseguir en la librería local, pues la oferta literaria en idioma castellano es comparativamente muy escasa.
Con mis primeros sueldos de médico hice mi primer viaje independiente al Medio Oriente. En ese momento comenzó una pasión para toda la vida. Y si bien mi inquietud había comenzado con preguntas más bien teológicas, hoy en día mi interés es más terrenal: el estudio de las culturas antiguas y modernas del Medio Oriente.
A esta fascinación intelectual he dedicado la mitad de una vida, sacrificando mis propios ahorros y mi carrera profesional.
Dado que ésta es una disciplina poco rentable, no es el lucro ni el reconocimiento académico lo que me motiva sino mi propia afición; lo hago como un pasatiempo paralelo a la profesión con la cual pago mis cuentas. Lo hago por pura “sed de conocimiento”, a la manera de los grandes orientalistas del siglo XIX. ¿Qué es un Orientalista?

