Germán Naranjo: cuando el racismo pierde el filtro

El caso de Germán Naranjo impacta no solo por la violencia verbal o el racismo explícito del video. Lo que nos deja realmente perplejos es la aparente disociación que experimenta una persona (supuestamente) educada, funcional, integrada socialmente, para exhibir la conducta que vemos en el video viralizado.
La reacción más fácil es decir “es un pelotudo” o “está loco”. Esas categorías son cómodas de aplicar, porque permiten pensar que existe una frontera clara entre “ellos” y “nosotros”; entre los irracionales y las personas normales. Resuelven el problema con una solución simple. Pero la mente humana es mucho más compleja que eso.
Han sido innumerables casos en la historia, en que personas inteligentes, cultas y perfectamente capaces de desenvolverse en sociedad han sido arrastradas por estados de grandiosidad, tribalismo, desinhibición, resentimiento o pérdida temporal de contacto con límites básicos de convivencia. A veces influye el alcohol y sustancias varias. Otras veces el poder, la sensación de impunidad, el narcisismo o simplemente años viviendo dentro de una burbuja donde ciertas actitudes nunca encuentran resistencia real.
Quizá lo perturbante del video es precisamente observar un momento de colapso psicológico y social en tiempo real: una persona que repentinamente olvida que está viviendo en el año 2026, perdiendo la capacidad de dimensionar que sus actos tendrán consecuencias… todo mientras es grabado por dispositivos móviles, el alcance de las redes digitales siendo conocido por todos, e indudablemente también por él. Es decidir ponerse una soga al cuello y dar el paso hacia el vacío, sin la intención de suicidarse.
Ahora bien. no todos quienes sostienen prejuicios raciales terminan gritándolos en un avión frente a cámaras. Existe debajo de eso, una capa más silenciosa y difícil de medir: personas que poseen impulsos, jerarquías mentales o resentimientos similares, pero que los reprimen exitosamente gracias a normas sociales, incentivos laborales o autocontrol. De hecho hay áreas del cerebro que cumplen específicamente esa función: reprimir conductas u opiniones inaceptables en sociedad. Sin embargo, pareciera que no es tan difícil que dichas áreas dejen de funcionar, sea permanente o transitoriamente.
Todo esto abre una pregunta incómoda sobre la naturaleza humana: ¿cuánto de nuestra convivencia depende de convicciones éticas profundas, y cuánto depende simplemente de mecanismos de contención social?
El problema del racismo no comienza cuando alguien pierde completamente el control. Comienza mucho antes: en la capa más basal de nuestra conciencia. Comienza en nuestras convicciones personales, pequeñas ideas heredadas, caricaturas culturales, tribalismos y pseudociencias que lentamente erosionan la percepción de la humanidad compartida. Por este motivo, me parece a mí que Germán Naranjo es la “punta del iceberg” de un problema mucho más sistémico y arraigado.
Precisamente de estos temas trata el capítulo 6 de mi libro: el origen histórico y las profundas malinterpretaciones pseudocientíficas de las diferencias heredables entre seres humanos; las llamadas “razas”.
¿Existen diferencias heredables entre poblaciones humanas? Sí, por supuesto, y son tanto genotípicas como fenotípicas. Pero muy distinto es transformar esas diferencias, que se han adquirido de manera gradual y compleja, en categorías rígidas, esenciales, morales o jerárquicas.
Más allá de si existen o no las llamadas “razas”, es importante examinar cómo la mente humana tiende naturalmente a entender la variabilidad humana en relatos de superioridad, inferioridad o deshumanización.
Y por último, uno de los mayores obstáculos para crear una conciencia colectiva de que todos los seres humanos tenemos una herencia común, es el desconocimiento y/o rechazo ideológico de la evidencia de que no sólo “algunos”, sino todos nosotros, descendemos de “monos”, usando las palabras de Naranjo (*)
Descarga un extracto del capítulo 6 de “Antes que Dios Hablara”, aquí.
(*) Bueno, no exactamente de monos, pero sí de especies de primates peludos con capacidades cognitivas inferiores, motivo por el cual parecen a nuestros ojos, más similares al chimpancé que a nosotros, pero que en definitiva, fueron ancestros comunes de ambas especies.




